En los últimos años, México ha experimentado una explosión de festivales y conciertos. Cada semana hay un nuevo line-up, una gira internacional, una experiencia “única e irrepetible”.
Lo que debería ser una celebración de la música y el arte se ha transformado en una carrera constante por “estar presente”. La razón tiene nombre: FOMO, o Fear of Missing Out —el miedo a perderse algo—. Y no es casualidad: la industria del entretenimiento ha convertido esta ansiedad generacional en un modelo de negocio.
El FOMO no es solo una emoción pasajera. Es una herramienta poderosa para vender boletos, colapsar preventas y disparar precios.

Se trata de un fenómeno emocional que se explota comercialmente, creando una urgencia artificial en el público joven. ¿Qué pasará si no voy? ¿Y si aparece un artista sorpresa? ¿Y si tocan justo esa canción? Las redes sociales alimentan esa ansiedad, mostrando cada festival como el evento del año.
El resultado: una generación que no quiere perderse nada y termina perdiéndose a sí misma entre experiencias efímeras.
De la experiencia al simulacro: Adorno, Debord y Benjamin lo sabían
La crítica a este fenómeno no es nueva. En 1944, Theodor Adorno y Max Horkheimer advertían que la industria cultural “defrauda continuamente a sus consumidores respecto de aquello que continuamente les promete”. Cada festival promete la “mejor noche de tu vida”, pero nunca alcanza del todo.
Así se construye un ciclo infinito de expectativa, consumo y decepción, que mantiene al público enganchado.
Guy Debord, en La sociedad del espectáculo, fue aún más lejos: “Todo lo que era vivido directamente se aparta en una representación”.
En otras palabras, dejamos de vivir el presente para capturarlo en stories. El espectáculo nos ha convertido en testigos de nuestras propias vidas.

Walter Benjamin ya había advertido en 1936 que la reproducción técnica de una obra erosionaba su “aura”, esa cualidad única del momento.
Hoy, cada concierto grabado desde 200 celulares pierde parte de su singularidad. Y sin embargo, la industria vende esa “exclusividad” a precios cada vez más altos.
El caso mexicano: boletos carísimos y acceso como símbolo de clase
En México, asistir a un festival de renombre se ha vuelto un lujo. El abono general del Corona Capital 2023 costaba más de 12 mil pesos. ¿Qué implica eso para una generación que enfrenta precariedad laboral, bajos sueldos y altos niveles de ansiedad? La experiencia ya no solo es disfrute: es estatus.
Estar ahí no es solo vivir la música, es demostrar que puedes pagarla. La cultura del FOMO se entrelaza con la cultura aspiracional, creando un filtro invisible entre quienes pueden “vivirlo todo” y quienes solo lo ven desde Instagram.
Esta lógica alcanza niveles preocupantes. En 2025, durante el festival Ceremonia en CDMX, la caída de una estructura metálica causó la muerte de dos personas. El evento continuó. ¿Cuándo dejamos de priorizar la seguridad por encima del hype? ¿Cuánto vale realmente una “experiencia inolvidable”?
De la pertenencia al burnout: alienación cultural en tiempo real
Baudrillard lo describió como simulacro: lo real es sustituido por su representación. Cada festival que se vive más a través de la cámara que del cuerpo refuerza esta lógica. Lo que antes era comunidad, ahora es contenido. Lo que era arte, se vuelve paquete vendible.
El FOMO no solo explota nuestro deseo de pertenecer, sino que impone un ritmo insostenible. Vivimos fatigados por la idea de no estar en todo. La saturación de eventos no calma la ansiedad, la incrementa.
En lugar de permitirnos pausar, descansar o decidir no asistir, el sistema castiga la ausencia con exclusión simbólica. No ir es quedar fuera de la conversación. No subir stories es volverse invisible. El algoritmo exige presencia constante. Y eso agota.
¿Qué hacemos con todo esto?
Las y los jóvenes no son ingenuos. La generación Z comienza a cuestionar este modelo. Algunos resignifican el “JOMO” (joy of missing out), valorando el derecho a no estar. Otros crean experiencias culturales alternativas, más accesibles, menos dependientes del capital simbólico de la exclusividad.
La tarea, entonces, es política y cultural: recuperar el tiempo, el deseo y la emoción como espacios propios, no como mercancías. Y recordar, como dijo Adorno, que la verdadera cultura no busca entretenernos hasta la sumisión, sino incomodarnos hasta despertar.
