Una victoria ciudadana que exhibe la violencia normalizada contra los animales y la hipocresía del entretenimiento

Firmas contra el espectáculo del dolor
Más de 27 mil personas firmaron para exigir el fin de la violencia en las corridas de toros. El Congreso de la Ciudad de México escuchó. La Plaza México, el mayor símbolo de esta tradición, deberá replantearse. En redes, con emojis y hashtags, lo llamaron “una victoria histórica”.
Pero para quienes han sentido este dolor desde el cuerpo —animal y humano—, la historia no empezó con una votación. Empezó mucho antes, en cada plaza donde el sufrimiento se convirtió en entretenimiento.
La violencia no empezó con la muerte
Algunos intentaron salvar la fiesta brava con «Corridas sin violencia» una versión sin sangre y sin muerte. Pero hasta la misma Plaza México lo dejó claro: «Con la nueva legislación, inviable celebrar eventos taurinos». Ese comunicado no fue un tropiezo; fue una confesión. La ovación necesita ver sufrimiento. Lo que dolía, dolía desde siempre… solo que lo llamaban cultura.
Verlo confirmado en un comunicado institucional no fue catarsis, fue náusea. Una verdad dicha con cinismo.

Cuando la tradición justifica el abuso
Durante décadas, se sostuvo que la tauromaquia era arte, legado, identidad. Pero lo que se permitió fue un sistema de abuso legalizado. No fue exceso: fue estructura. Una que combina patriarcado, especismo y clase. Una que enseña que el cuerpo que sufre puede ser parte del espectáculo.
¿De qué sirve el arte si sigue justificando el dominio de unos cuerpos sobre otros?
La cuerpa también protesta
No vimos toros morir, pero los sentimos en el cuerpo.
Leer la noticia fue una mezcla de alivio y rabia. Un descanso momentáneo que no borra los años de impunidad, ni el miedo que hoy enfrentan activistas en juicio por alzar la voz.
Si esto fuera un conjuro…
Sería una maldición contra la costumbre.
Un rezo sin capote.
“Sin sangre no hay público”
Entonces, ¿qué era lo que aplaudían?

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