Colmillos, orejas y soft power: ¿Puede el hype de un Labubu rediseñar la imagen de China?

Lo que empezó como una figura de vinil de edición limitada hoy es un símbolo global: de deseo, de ternura, de ansiedad… y de estrategia política.

Labubu, el muñeco que conquista el mundo, se convierte en herramienta emocional, económica y cultural de poder blando

Es peludo, tiene colmillos, orejas largas y una sonrisa que no termina de inspirar confianza. A primera vista, un Labubu no tiene nada de encantador. Y, sin embargo, este muñeco —creado por el artista hongkonés Kasing Lung y popularizado por la marca china Pop Mart— está redefiniendo el concepto de cool en pleno siglo XXI.

En los últimos meses, lo han cargado celebridades como Rihanna, David Beckham y Lisa de BLACKPINK. Ha generado filas de horas en Los Ángeles, batallas campales en tiendas del Reino Unido y subastas de más de 150 mil dólares en China. Lo que empezó como una figura de vinil de edición limitada hoy es un símbolo global: de deseo, de ternura, de ansiedad… y de estrategia política.

¿Qué es un Labubu?

El Labubu forma parte de The Monsters, una serie de criaturas diseñadas por Kasing Lung que encarnan lo grotesco adorable, una estética “ugly-cute” que resuena especialmente con la generación Z.

Tiene cuerpo de peluche, mirada traviesa y expresión inclasificable. Y eso es parte de su éxito.

Cuando Pop Mart lo relanzó como figura blind box en 2019, el muñeco se volvió fenómeno de coleccionismo. En 2024, representó el 23 % de las ventas de la empresa, que reportó ingresos por 1.8 mil millones de dólares. La lógica es simple y brutal: compras una caja sin saber qué figura viene dentro, y luego intercambias, revendes o acumulas. Entre la sorpresa y la escasez, nace el deseo.

¿Puede un muñeco ser política exterior?

Según The Diplomat, sí. El Labubu es el ejemplo perfecto del soft power contemporáneo: un producto cultural que no impone, sino que seduce. China lleva años buscando mejorar su imagen en el extranjero. Y mientras sus campañas oficiales enfrentan desconfianza o desinterés, Labubu conquista sin hablar.

No necesita discursos. Solo necesita ser adorable.
Y eso, en una economía de la atención, es más efectivo que cualquier embajada.

Desde la teoría crítica, este fenómeno no es nuevo. Theodor Adorno advertía que los objetos culturales se convierten en fetiches: mercancías emocionales que prometen satisfacción simbólica. Karl Marx hablaría de una forma moderna de alienación: cuando el objeto no solo oculta el trabajo que lo produjo, sino el deseo que lo sostiene.
Y Antonio Gramsci lo vería como hegemonía dulce: el consentimiento afectivo de las masas, envuelto en vinil y peluche.

Hype, mercado y subjetividad

La compra de un Labubu no es solo una transacción económica. Es un ritual emocional. Esperar horas. Comprar sin saber qué versión tocará. Sentir que se pertenece a algo global, aunque solo sea por un instante.

Como ya vimos con fenómenos como el oshikatsu, el consumo afectivo se ha vuelto estructura. El fan no compra por necesidad, sino por sentido.

Lo que importa no es tener el muñeco, sino lo que el muñeco representa:
un espacio suave, tierno, no amenazante, donde el capitalismo no parece tan violento.

¿Bonito o feo? ¿Ternura o propaganda?

El Labubu opera en un espacio ambiguo.
Es entrañable y ligeramente inquietante.
Es feo, pero se vuelve deseable.
Y esa tensión estética es parte de su potencia cultural.

En tiempos de sobreexposición y narrativas de poder saturadas, lo que nos conmueve ya no es lo perfecto. Es lo raro, lo inestable, lo vulnerable. El Labubu parece entenderlo. Y China también.

No se trata de que un muñeco salve una nación.
Se trata de que, en una era de desconfianza global, un peluche feo puede decir más que mil notas diplomáticas.

¿Puede un peluche rediseñar la imagen de China?

Quizá sí.
Porque el poder ya no solo se ejerce con banderas y tratados.
A veces se ejerce con colmillos, orejas largas
y una sonrisa torcida que nos hace decir:
“yo también quiero uno”.

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