En el México del siglo XX, el muralismo convirtió paredes en manifiestos colectivos. Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros no solo pintaban escenas monumentales: construían narrativas de lucha, identidad y futuro donde cualquiera podía reconocerse. Los muros eran pedagogías visuales, accesibles y cargadas de símbolos. Como escribió Octavio Paz, “el muralismo fue al mismo tiempo historia y profecía” (Paz, 1972).
Hoy, en pleno siglo XXI, los muros de cantera y cal han sido reemplazados por pantallas luminosas. Las avenidas y plazas públicas se trasladaron a timelines, feeds y grupos digitales. En este nuevo espacio público, el meme se ha consolidado como la imagen popular más inmediata y ubicua.

El meme como mural digital
El filósofo Walter Benjamin ya anticipaba en La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (1936) que las imágenes reproducibles perderían “aura” pero ganarían en circulación social. El meme encarna esa lógica: carece de originalidad, pero se fortalece en la copia y la viralidad. Un meme puede viajar más rápido que cualquier mural y alcanzar a millones sin necesidad de andamios ni pigmentos.

Del mismo modo que los muralistas buscaban que el arte fuera del pueblo, el meme se produce desde abajo: surge de usuarios comunes, se remezcla colectivamente y circula en segundos. Como sostiene Limor Shifman (2014), los memes son “un lenguaje participativo que articula emociones, identidades y posturas políticas en la esfera digital”.
Continuidades y rupturas
Lo público: el mural estaba en la calle; el meme está en el muro digital. Ambos son accesibles y colectivos.
Lo político: el muralismo narraba la Revolución y la construcción del Estado; los memes narran la precariedad laboral, la corrupción, el feminismo, el capitalismo tardío o la gentrificación.
Lo efímero: mientras los murales buscaban la eternidad, los memes viven de la fugacidad. Sin embargo, ambos son archivos de su tiempo: si un mural es testimonio histórico, un meme es cápsula cultural de la sensibilidad contemporánea.

El poder y el riesgo de lo viral
Así como el muralismo fue instrumentalizado por el Estado posrevolucionario para legitimar narrativas, los memes hoy son utilizados por partidos políticos, corporaciones o influencers para moldear la opinión pública. Byung-Chul Han advierte que “la sociedad de la transparencia convierte la comunicación en exposición y control” (Han, 2012). Los memes, en su aparente inocencia humorística, también funcionan como propaganda.
Pero, al mismo tiempo, se convierten en herramientas de resistencia. Pensemos en los memes feministas en México durante las marchas del 8M, en los memes de protesta frente a la violencia política, o en la memoria digital sobre Ayotzinapa. Tal como señala Nicholas Mirzoeff (2015), la cultura visual contemporánea es también un terreno de disputa donde se construyen contranarrativas.

¿Muralismo 2.0?
La pregunta queda abierta: ¿son los memes el muralismo digital de la generación? Quizá sí, porque logran condensar lo colectivo en una imagen pública y viral. Pero también hay que preguntarse si, en su rapidez y volatilidad, los memes pueden construir conciencia histórica o si quedarán como ruido digital.
El muralismo del siglo XXI no se pinta: se remezcla, comparte y memeifica.

Bibliografía y referencias
- Benjamin, W. (1936). La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica.
- Han, B.-C. (2012). La sociedad de la transparencia. Herder.
- Mirzoeff, N. (2015). How to See the World. Pelican Books.
- Paz, O. (1972). Los privilegios de la vista. Fondo de Cultura Económica.
- Shifman, L. (2014). Memes in Digital Culture. MIT Press.
@lapaodawan / Paola Sanabria

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