Del bufón medieval al payaso callejero: historia de una figura ligada a la periferia mexicana

El payaso callejero en México tiene raíces en los bufones medievales. Te contamos cómo pasó de la corte europea a las calles mexicanas como símbolo social.

El payaso callejero que hoy vemos en semáforos, plazas o camiones tiene un origen mucho más antiguo de lo que parece. Sus raíces se remontan a la Europa medieval, donde el bufón de corte, con su traje estrafalario y humor ácido, tenía licencia para burlarse incluso de los poderosos.

Ese personaje, mitad cómico y mitad grotesco, venía de las clases bajas y su lugar en la corte estaba marcado por la marginación. Con el tiempo, ese mismo espíritu burlón y precario derivó en el clown circense y, en México, en la figura actual del payaso callejero que vive entre la risa, la crítica y la sobrevivencia diaria.

De los bufones al circo moderno

El bufón medieval no era un personaje de lujo. A menudo era un criado pobre, incluso un enano o alguien con alguna deformidad física, cuya desgracia provocaba risa.

El maquillaje, dicen algunas crónicas, servía para ocultar su identidad frente a la Inquisición, pues sus bromas podían ser interpretadas como herejía.

Esa mezcla de burla y miseria lo convirtió en el antepasado directo del payaso “augusto” del circo moderno: el que hace reír, pero desde la tristeza.

El payaso callejero como espectáculo popular

En México, el payaso callejero ocupa un lugar especial en la cultura urbana. Sus espectáculos logran lo que pocas expresiones consiguen: unir a públicos de todos los niveles sociales.

En ciudades como Querétaro se han visto funciones en las que conviven madres de familia acomodadas y migrantes sin recursos, todos riendo con la misma rutina. Esa risa compartida convierte al payaso callejero en un puente momentáneo entre mundos que casi nunca se tocan, mientras ofrece entretenimiento y, en ocasiones, una crítica ligera a la vida cotidiana.

Exclusión y protesta detrás de la nariz roja

El payaso callejero también refleja la dureza de la vida urbana en México. Películas como Chicuarotes (2019) lo retratan como símbolo de precariedad: jóvenes que se disfrazan de payasitos para pedir monedas en camiones y escapar de la violencia.

En redes sociales, fenómenos como “Ojitos Mentirosos” muestran a jóvenes de barrios marginales con maquillaje de payaso como protesta estética: un gesto que combina dolor, orgullo e identidad.

Académicos de la UNAM han documentado cómo vestirse de payaso en las calles simboliza inconformidad y pobreza, una forma de gritar desde los márgenes sin dejar de apelar a la risa.

Así, el payaso callejero no es solo entretenimiento: también es denuncia social, resistencia y reflejo de desigualdad.

Del bufón medieval que se burlaba de reyes al payaso callejero que hoy pide monedas en un crucero, la historia muestra un hilo común: personajes que desde la periferia social transforman su miseria en risa.

En México, esa figura es a la vez tierna y trágica, un recordatorio de que la comedia también puede hablar de dolor, exclusión y dignidad.

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