El verano que nunca llegó
En 1816 Mary Shelley soñó con un monstruo. Pero antes de que existiera Frankenstein, el mundo ya parecía salido de una pesadilla. Ese año fue recordado como “el año sin verano”: la erupción del volcán Tambora en Indonesia (1815) lanzó tanto polvo y cenizas a la atmósfera que oscureció el cielo europeo, provocando cosechas arruinadas, hambre y un frío que no correspondía a la estación.
En medio de ese clima extraño, Mary (todavía Godwin en ese entonces) pasó unos días con Lord Byron y Percy Shelley a orillas del lago Ginebra. Para matar el aburrimiento, Byron propuso un reto: cada quien debía inventar una historia de fantasmas. Durante días, Mary no pudo escribir una sola línea. Hasta que, una noche, la visitó una pesadilla: vio a un estudiante de ciencias dar vida a una criatura hecha de restos humanos.
Ese sueño fue la chispa que encendió una de las novelas más influyentes de la literatura moderna.

El cielo de Mary Shelley
Mary Shelley nació el 30 de agosto de 1797, bajo el sol de Virgo. Eso la hacía analítica, práctica, perfeccionista, muy de poner orden en el caos. Entonces, ¿cómo alguien así terminó creando un monstruo?

La respuesta está en un momento clave de su vida: su retorno nodal (no, no hablamos de ese Nodal). El retorno nodal ocurre cada 18 o 19 años, y marca un cruce de caminos: te obliga a tomar decisiones que pueden cambiar tu destino. Para Mary, este retorno se dio precisamente en 1816.
Pero primero, ¿qué son los nodos?
En astrología, los nodos lunares no son planetas, sino puntos matemáticos donde la órbita de la Luna se cruza con la del Sol. Ahí se marcan dos direcciones:
- Nodo Norte → el destino, lo que vienes a aprender.
- Nodo Sur → lo que ya traes aprendido, tu zona de confort.
En el caso de Mary, su retorno nodal ocurrió en Géminis, en la Casa 12. Géminis, curioso, intelectual, siempre con mil preguntas y está regido por Mercurio, al igual que Virgo. Pero al caer en la Casa 12, entra en un terreno mucho más profundo: el inconsciente, lo oculto, lo que no se puede explicar con lógica.
Por eso Frankenstein no nació de un razonamiento lógico (como dictaría el manual Virgo), sino de un sueño. Literal: una visión que salió del rincón más profundo de su inconsciente.

Sombras y espejos en la carta de Mary
La Casa 12, donde Mary tenía su Nodo Norte, es conocida como la “casa de lo invisible”: hospitales, prisiones, encierros, exilios, pero también el mundo de los sueños y del inconsciente. Y Frankenstein está teñido de esa misma atmósfera.
Víctor Frankenstein (el creador, no la criatura) se encierra en su laboratorio como un prisionero voluntario. Pasa noches sin dormir, alejado de su familia, obsesionado con su experimento. Su aislamiento es el precio de su ambición. La criatura, por otro lado, nace marcada por el abandono. Condenada a huir, observa el mundo desde las sombras, como un exiliado eterno. Ambos son figuras de la Casa 12: viven fuera de la sociedad, atrapados en soledad, cada uno a su manera.
La Casa 12 también se relaciona con el karma, los finales y el sufrimiento inevitable. Y la novela está atravesada por estas fuerzas. El monstruo paga la condena de haber sido creado; Víctor paga la consecuencia de haber jugado a ser dios. La tragedia no surge de afuera, sino de sus propias decisiones. Es el eco de lo que en astrología llamamos “deudas kármicas”: lo que no puedes evitar enfrentar.
Ahí entra Géminis. Su energía se nota en la novela a través de la dualidad. La criatura encarna lo opuesto en un mismo cuerpo: sensibilidad y violencia, ternura y venganza. Quiere ser amado, pero el rechazo lo convierte en un reflejo distorsionado de la crueldad humana. Y Víctor, con su obsesión intelectual, tampoco escapa a esta lógica: su curiosidad lo lleva a descubrir secretos de la vida, pero ese mismo conocimiento lo destruye.
Ambos, creador y criatura, funcionan como espejos geminianos. Son dos mitades que no pueden existir sin la otra. El monstruo es hijo del intelecto de Víctor, y Víctor está condenado a enfrentarse a su creación. La persecución interminable entre ambos es el retrato perfecto de la energía dual de Géminis: una relación de espejo que solo termina con la muerte.
La fórmula es clara:
Casa 12 = inconsciente, encierros, karma.
Géminis = curiosidad, intelecto, dualidad.
De esa mezcla nace Frankenstein. No es solo una novela gótica: es la traducción literaria de un cielo que hablaba de encierros, obsesiones y de la eterna tensión entre la vida y la muerte.

Y si el monstruo tuviera signo…
Frankenstein —la criatura, no el doctor— podría tener dos cumpleaños: el verano de 1816, cuando Mary Shelley lo soñó, o el 11 de marzo de 1818, cuando la novela salió publicada. Y según la fecha que elijas, el monstruo cambia de signo.
Cáncer:
Pocas descripciones encajan tan bien con la criatura como la de un Cáncer herido. Este signo, regido por la Luna, vive a través de las emociones, del instinto de pertenecer, de tener raíces. Y eso es lo que más le falta al monstruo. Su anhelo fundamental es construir un “hogar”: primero busca el amor de su creador, luego de una compañera que le haga de familia, y al no encontrarlo, se hunde en la melancolía.
Como Cáncer, la criatura observa la vida con una sensibilidad casi infantil, pero también con una memoria que no olvida las heridas. Cada rechazo lo marca y lo endurece, hasta que la dulzura inicial se convierte en rencor. En el fondo, el monstruo encarna al Cáncer en sus dos extremos: la ternura que cuida y la coraza que se defiende con furia cuando se siente herido.
Leo:
Aquí la cosa no cuadra tanto. Leo necesita brillar, ser visto, ser admirado. Pero la criatura no busca gloria ni protagonismo, solo aceptación. Su “ego” no nace del deseo de ser el centro del mundo, sino del dolor de saberse invisible y rechazado.
Virgo:
El monstruo sí muestra un intelecto notable: aprende a hablar, a leer, a observar el mundo con detalle. Eso es muy Virgo. Pero al final, no persigue conocimiento por perfección o servicio, sino por entender por qué fue rechazado. La motivación no es racional, sino existencial.
Piscis:
Si hay un signo que parece hecho a la medida del monstruo, es Piscis. Este signo de agua encarna la empatía y la compasión, pero también el martirio y el sacrificio. Su deseo inicial no es destruir, sino conectar. Aprende a leer observando a una familia, se conmueve con sus gestos, se emociona con sus historias. Su sensibilidad es tan profunda que el rechazo lo hiere en lo más esencial: su alma.
Piscis también carga con la idea del destino trágico, de sentirse víctima del mundo, de cargar dolores que no le corresponden. El monstruo se percibe como inocente, marcado por la crueldad de su creador y por el rechazo social. Esa mezcla de empatía, sufrimiento y fatalismo es la definición pisciana.
Además, Piscis es un signo que tiende a escapar. Y el monstruo vive huyendo: de la sociedad que lo rechaza, de la mirada que lo condena, incluso de sí mismo. Su existencia entera es la de un exiliado que busca un refugio imposible. Por eso su historia no solo se lee como gótica, sino como un martirio profundamente humano.

Al final, si tenemos que elegir, Frankenstein es más Piscis que cualquier otra cosa. No es casualidad que el Día de Frankenstein se celebre el 11 de marzo. Como buen pisciano, nació entre sueños, soledades y una sensibilidad demasiado grande para el mundo que lo rodea.
Y ahora que Guillermo del Toro prepara su propia versión de Frankenstein, no queda más que preguntarnos: ¿cómo retratará esta dualidad astrológica en la pantalla? ¿Será un monstruo más pisciano, más canceriano, o algo completamente distinto?

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