De las faenas del campo al pasamontañas del zapatismo; del estampado paisley al cuello del charro. El paliacate —también llamado bandana— es una de esas prendas cuya historia no cabe en un cajón: circula, se transforma y vuelve. Es tejido, pero también lenguaje. Estética y función. Origen y destino.
Su apariencia es inconfundible: un pañuelo cuadrado, de colores intensos, decorado con un patrón curvilíneo que muchos en México identifican como “de gotitas” o “de bacterias”, pero que en realidad tiene una historia milenaria y transcontinental.
¿India, Persia o México?: el viaje global del paliacate
Aunque se asocia fuertemente con la identidad mexicana, el término paliacate proviene de Pulicat (antiguamente “Paliacat”), un puerto indio desde donde se exportaban textiles teñidos artesanalmente hacia Asia y Europa desde el siglo XVI. El término bandana, por su parte, proviene del sánscrito bādhnati (“atar”).
Estos pañuelos llegaron a América vía el Galeón de Manila, la ruta que conectaba Filipinas y la Nueva España durante la colonia. En México, fueron primero objeto de lujo para la élite colonial, y con el tiempo pasaron a ser manufacturados localmente, integrándose a la vida cotidiana del pueblo.
El símbolo en la gota: el paisley como signo de eternidad
El estampado curvo que decora la mayoría de los paliacates no es mero ornamento: es boteh, un motivo persa ancestral que representa un ciprés, árbol sagrado del zoroastrismo y símbolo de la vida eterna. Al llegar a India se cargó también de significados vinculados con la fertilidad y el equilibrio espiritual.
Cada paliacate que hoy usamos en México lleva entonces, en su diseño, una herencia cultural milenaria que viajó de Persia a la India, de la India a Europa, y de ahí a América. El estampado paisley no es decorativo: es archivo visual.
En México: del sudor a la coreografía
Una vez arraigado en la cultura popular mexicana, el paliacate se volvió omnipresente. En el campo y el trabajo físico, se usaba para cubrir la frente, la nariz o el cuello. En las danzas folklóricas, se agitaba con orgullo. En los bolsillos, cargaba perfume, polvo o sudor: era tanto objeto sentimental como herramienta de sobrevivencia.
Era el pañuelo del jinete, del trabajador, del campesino. Aparecía en el traje típico y en el atuendo cotidiano, en la plaza pública y en el rancho. Su versatilidad lo convirtió en símbolo visual de lo mexicano.
El pañuelo como rebeldía
Más allá de lo funcional, el paliacate adquirió un tono político. José María Morelos y Pavón fue representado con un pañuelo en la cabeza.
Durante la Revolución Mexicana, los combatientes lo ataban al cuello como señal de pertenencia. En el movimiento zapatista, se volvió una herramienta de anonimato, resistencia y dignidad.
El paliacate rojo en el rostro del campesino insurgente del EZLN es hoy un ícono global de lucha indígena, que mezcla estética, práctica y mensaje.
Moda, identidad y reapropiación
En tiempos recientes, el paliacate ha sido resignificado por distintos movimientos y estéticas. Lo llevaron las mujeres trabajadoras durante la Segunda Guerra Mundial (como Rosie the Riveter), las pandillas urbanas (como código visual de pertenencia), y la comunidad queer en EE.UU. (como parte del hanky code).
Hoy reaparece como accesorio de moda, de lo vintage a lo artesanal. En pasarelas, en festivales, en bolsos, cuellos o cinturones. Marcas locales mexicanas lo reinterpretan, mientras en lo cotidiano muchos lo siguen usando como signo de identidad o memoria afectiva.
Una prenda que no olvida
Decir que el paliacate “está de moda” sería simplificar su historia. Es, más bien, un símbolo que regresa una y otra vez porque nunca se ha ido. Une al campesino y al punk, a la danzante tradicional y al diseñador contemporáneo.
El paliacate sobrevive porque es múltiple: oriental y mexicano, funcional y simbólico, tradicional y subversivo. Y, como su estampado ancestral, cada curva habla de algo que resiste al tiempo: la memoria, el trabajo, la identidad.
La vida.

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